viernes, 31 de agosto de 2012

VERSÍCULOS DEL DEMONIO (10)





10 Ata el cordón del zapato y prepárate para el eterno retorno de lo mismo.
2 Aféitate para la resurrección de los muertos.
3 Que no te engañe la aparente simpleza de uno más uno igual a dos.
4 Toda esta gente a tu lado es señal de cualquier mensaje: descífralos.
5 Eres el verso inconcluso que se repite a diario en mis sueños y mis poemas.
6 Siempre en un día cualquiera, siempre como de costumbre.
7 Mírala. ¿Para qué sigue desgarrando cuanto llegó desgarrado y abierto al mundo?
8 Dibuja el horizonte mientras aletean las moscas sobre la copa.
9 Tan pronto se derrumban los minutos, vana toda línea.

VERSÍCULOS DEL DEMONIO (9)





9 Recorre muchas calles con tu ropa chorreando agua.
2 El paisaje no te engaña: acarícialo con tu mirada.
3 Tiende las camas donde dormirán los puñales quebrados.
4 Aprieta el carbón contra el azul amanecer del barrio.
5 ¿Qué te sostiene? Dialogas con las voces de esos discos y libros y sin embargo no enloqueces.
6 Quédate sólo con las vocales en esos libros. El desconcierto de las consonantes en estampida.
7 Al diccionario de tu pasado le faltan cinco páginas y las demás están en blanco.
8 Cuando al final llegues al final.
9 Roe en las sombras un pasillo de mármol blanco.

VERSÍCULOS DEL DEMONIO (8)




Considerando la velocidad con que te empujan la vida y el mundo, mira sin prisa tu reloj.
2 Decídete: el laberinto, la metáfora, la palabra o el silencio aunque no te decidas.
3 Rompiendo mis máscaras, arrojándolas. Y tras de mí alguien que las rehace.
4 Alguna probabilidad de que escape del remanso la sombra del ave.
5 Cuando el Golem y el perro se encontraron quisiste caminar tras ellos.
6 No es posible la palabra mientras sobrevivan las preguntas sin respuesta. O las simples preguntas.
7 Escribirás sólo el centro de las oraciones: ni principios ni finales.
8 Deduce de cada minuto la eternidad sin contabilizar sollozos.
9 Cargas otra forma de locura. En algún lugar están tus observadores compadeciéndote.


miércoles, 8 de agosto de 2012

LOS GUADUALES DEL QUINDÍO





Reverencio la imperturbabilidad, serena o entre el viento, y a veces bajo la lluvia, onírica entre la neblina, como se encorvan las guaduas y guaduales de mi región.

Son verticales y a veces oblicuos poemas verdes sin palabras. Ellos son la metáfora concreta del paisaje. Nada simbolizan: son la prolongación vertical de las superficies rurales del Quindío. Danzas sin esquemas trazados para levitación de los sólidos, para la complementadora presencia de los demás colores y la incesante manifestación impresionista de los verdes desde el amanecer hasta el anochecer. 

Un fotógrafo podría captar las decenas de verdes de un guadual si no tiene prisa para esperar el paso de los minutos sobre ellos, el vuelo de las aves, las mariposas y la luz del sol o de la luna y las estrellas sobre estos. En particular del verdequindío. 

Solo en este lugar del mundo existe el verdequindío, síntesis de los 103 tonos del verde registrados por la cromatografía. Estos son algunos y todos se esparcen por los doce municipios del Quindío, sobre sus frutas, desde sus flores, por la frondosidad de sus árboles o entre la humilde presencia de las exiguas yerbas: Turquesa, umbra verde, verde abedul, verde abeto, verde cromo, verde eucalipto, verde fieltro, verde heliógeno, verde lago, verde mayo, verde ópalo, verde pino, verde sólido, verde viridiano…

El verdequindío es el tono 104. Reverencio la verde condición de las guaduas doblándose en ángulos de recatada altivez. Son dúctiles y soberbias. Arquitecturales, para estilar este neologismo adaptable a los movimientos de un guadual bajo el viento o entre aguaceros. Se mecen solas o en conjunto, acentuando su verde enlluviado. Verde brisa y viento verde. Las extensiones de verde en el Quindío, desde una hoja de yerbabuena perfumando la mano hasta las oscuras montañas, siluetas del horizonte, son elementos capaces de inducir un satori.

Incorpórea danza de la fronda quindiana, consolidando la identidad sacra y sosegada de nuestro paisaje. Por todos los rincones de los pueblos quindianos, hay guaduales danzando. No confíes en su aparente rigidez. Es una de nuestras riquezas naturales. Si no sabes ver un guadual o percibir una guadua, si a pie o en automóvil no tienes tiempo para contemplar los guaduales, para leer cuanto con levedad rasguean en el aire más transparente de Latinoamérica, evita entonces visitar este departamento porque te perderás su mayor manifestación poética y pictórica: los guaduales. 
Las guaduas en movimiento o inmóviles, en cualquier hora del día o la noche, se revisten con los colores del amanecer o del atardecer, sin menoscabo de su color. Cuando los guaduales están inmóviles, cuando cada guadua medita, quieta y silenciosa, están mirándote de frente aunque parezcan buscar algo en el suelo. Son tan serenas. Tan de todos los verdes.


EL PASO DE LOS AÑOS




                                                               

Míreme bien. Viejo tan viejo no soy, como para no darme cuenta del paso de los años por este pueblo y este barrio. Esa niña por quien usted pregunta, era la más hermosa destos lados. Y para qué, no son exageraciones, también la más sensual del pueblo y de su edad. Las mayorcitas le cargaban envidia. Unos la deseaban de frente y la mayor parte a escondidas. De 13 años recién cumplidos, la vi salir por esa puerta del frente, la de madera verde donde está durmiendo el perro. Le dijo a su mamá y a sus cuatro hermanitos cuando regrese volveré rica para sacarlos deste barrio y ponerlos a vivir bien. Cómo no iba a escucharla si a mí también me hizo promesas parecidas.  La silla de ruedas. Se fue sin despedirse de nadie más. No le digan nada a mi perro, recomendó, en serio. Con un morralito donde llevaba la única ropa que tenía. Y esa belleza que todos volteaban a mirarle.

Regresó a los siete años, transformada en una mujer de 40. Trajo esta niña de cinco. Es el paso de los años, mijo. Solo faltan ocho para que ella también se vaya. Tal vez ella sí consiga con qué comprarme la silla de ruedas. Mijo, hay que tener paciencia y yo, viejo tan viejo no soy.




PRIMO LEVI Y YO


                                                     





El narrador Primo Levi, en sus Conversaciones con Ferdinando Camon (1996) le confiesa: “Cuando estaba en el campo de concentración, tenía siempre el mismo sueño: Regreso, vuelvo con mi familia y les cuento pero no me escuchan. La persona que está delante de mí, no me escucha. Se da media vuelta y se marcha.
En el campo, cuando conté este reiterativo sueño a los otros prisioneros, amigos míos, me respondieron: “A nosotros nos ocurre igual”.
Impresionado con la conmovedora anécdota cuyo tema parece arrancado de la más dramática página que Kafka nunca se atrevió a escribir, cuando la relato a mis amigos todos se dan media vuelta y se marchan.  



ENTREVISTA PÓSTUMA CON JACQUES DERRIDA




                                          
 Umberto Senegal: Señor Derrida, tengo una confusión entre las palabras pensar y pesar, tal vez usted quiera…

Jacques Derrida:  “Ciertamente, para reconocerle una carga cuyo alcance intentaré pesar dentro de un momento, para sopesar entonces su gravedad, para aguantarla, cuando no para pensarla. ¿A qué se llama “pesar”? ¿A un pesaje? Tanto en latín como en francés, pensar es también pesar, compensar, contrabalancear, comparar, examinar. Para esto, para pensar y pesar, es preciso pues llevar (tragen, quizá), llevar en sí y llevar sobre sí. Suponiendo que pudiéramos apostarlo todo a la etimología  -cosa que yo no haría nunca-, está claro que no tenemos en francés la suerte de esa proximidad entre Denken  (pensar) y Danken (agradecer). Nos cuesta traducir preguntas como las que hace Heidegger en Was heisst Denken. Sin embargo, aunque no tengamos la suerte de esa colusión o ese juego entre pensamiento y gratitud, y aunque el intercambio del agradecimiento corra siempre el riesgo de ser una compensación, en nuestras lenguas latinas tenemos esa amistad entre pensar y pesar (pensare), entre el pensamiento y la gravedad. Entre el pensamiento y el llevar sobre sí”.

Umberto Senegal: Muy bien, me queda claro. No había caído en la cuenta de cuanto usted me especifica. Esa sutil diferencia entre el Denken y el Danken heideggerianos. Por un lado,  lo entiendo, pero por otro lado…

Jacques Derrida: Amigo Senegal, “no desplegaré aquí –no dispondré de tiempo para ello y he intentado ya hacerlo en otro lugar- protocolos de naturaleza teórica o metodológica. No diré nada en forma directa de la frontera infranqueable –aunque siempre abusivamente franqueada- entre, por un lado, indispensables enfoques formarles pero así mismo temáticos, multitemáticos, atentos, como tiene que estarlo toda hermenéutica, a los pliegues explícitos e implícitos del sentido, a los equívocos, a las sobredeterminaciones, a la retórica, al querer decir intencional del autor, a todos los recursos idiomáticos del poeta y de la lengua, etc, y, por otro lado, una lectura-escritura diseminal que, esforzándose por tomar en cuenta todo eso y dar cuenta de ello, respetar su necesidad, se dirige también hacia un resto o un excedente irreductible. El exceso de ese resto se sustrae a cualquier reunión en una hermenéutica. Vuelve necesaria esta hermenéutica, la vuelve también posible, entre otras cosas, la huella de la obra poética, su abandono o su supervivencia más allá de tal o cual firmante o de cualquier lector determinado Sin ese resto ni siquiera existiría el Anspruch, la conminación, el reclamo ni la provocación que canta o hace cantar en todo poema”.

Umberto Senegal: Tal excedente irreductible de naturales características hermenéuticas, me induce a pensar en su relación con el acontecimiento. Y vuelvo a pensar en Heidegger…

Jacques Derrida: No se equivoca en su relación, apreciado poeta. “Curiosamente, en la medida al menos en que el pensamiento de la Ereignis en Heidegger no estaría tornado solamente hacia la apropiación de lo propio (eigen) sino también hacia una cierta expropiación que el mismo Heidegger nombra (Enteignis). La prueba a que nos somete el acontecimiento, aquello que en la prueba a la vez se abre y resiste a la experiencia, es, me parece, cierta inapropiabilidad de lo que sucede. El acontecimiento es lo que sucede y al suceder llega a sorprenderme, a sorprender y a suspender la comprensión: el acontecimiento es ante todo lo que yo no comprendo. O mejor: el acontecimiento es ante todo que yo no comprenda, el hecho de que yo no comprenda: mi incomprensión. Este es el límite, a la vez externo e interno, sobre el que quisiera insistir aquí: aunque la experiencia de un acontecimiento, el modo bajo el cual nos afecta, precisa un movimiento de apropiación (comprensión, reconocimiento, identificación, descripción, determinación, interpretación a partir de un horizonte de anticipación, saber, denominación, etc.), aunque este movimiento de apropiación sea irreductible e inevitable, solo hay acontecimiento digno de este nombre en donde esta apropiación fracasa en una de las fronteras. Pero en una frontera sin frente ni confrontación, una frontera contra la cual la incomprensión no choca de frente, pues ella no tiene la forma de un frente sólido: ella se escapa, permanece evasiva, abierta, indecisa, indeterminable. De ahí la inapropiabilidad, la imprevisibilidad, la sorpresa absoluta, la incomprensión, el riesgo de engañarse, la novedad inanticipable, la singularidad pura, la ausencia de horizonte”.

Umberto Senegal: Lo comprendo cabalmente, señor Derrida, no se me escapa nada de cuanto me explica ni intento apropiármelo. Aunque, al escucharlo, no sé si corro el riesgo de engañarme. Sus razones calan hondo, son fuertes, provienen de un pensamiento vigoroso…

Jacques Derrida: “Esta doble cuestión (a la vez semántica e histórica, por turno semántica e histórica) habrá dado cuenta de mí; y habré tenido que ceder tanto ante su fuerza como ante su derecho. Su razón, la razón del más fuerte, habrá sido la de la mayor fuerza. Como acabo de decir “a la vez semántica e histórica, por turno semántica e histórica”, diciendo así por turno “a la vez” y “por turno”, inscribo aquí, nada más empezar y de una vez por todas, un protocolo que debería velar sobre todo lo que viene a continuación. Cada vez que diga “vez”, “a la vez”, “una que otra vez”, “dos veces”, “cada vez”, “toda vez que”, “de vez en cuando”, “algunas veces”, “otra vez”, “en vez de”, hay implícita una referencia al turno y al retorno. Y esto no se debe solamente a la etimología latina de la palabra “vez”, es decir, esa extraña palabra vicis que no tiene nominativo, solamente genitivo, acusativo, vicem, y ablativo, vice, cada vez para significar el turno, la sucesión, la alternancia o la alternativa (esto rota invirtiéndose, por turno, alternativamente o viceversa, como en viceversa o en “círculo vicioso”).

Umberto Senegal: Ya lo veo. Cada vez que lo escucho, bien por el lado semántico o el histórico, mis pensamientos se ordenan, hay claridad no solo desde cuanto me explica sino en mi íntima asimilación de sus ideas, señor Derrida. Lo entiendo como la posibilidad de la comprensión, en este caso, dialogando con usted, mi particular posibilidad del menos fuerte, no im-posible…

Jacques Derrida: “Le contrapondré, en primer lugar todas las figuras de lo que sitúo bajo el epígrafe de lo im-posible, de lo que debe seguir siendo (de una forma no negativa) ajeno al orden de mi posibles, al orden del “yo puedo”, de la ipseidad, de lo teórico, de lo descriptivo, de lo constatativo y de lo performativo ( en la medida en que este último implica todavía un poder del “yo” garantizado por unas convenciones que neutralizan la acontecibilidad pura del acontecimiento: y la acontecibilidad del por-venir excede también esta esfera de lo performativo). Aquí se trata, al igual que en la venida de cualquier acontecimiento digno de ese nombre, de una venida imprevisible de lo otro, de una heteronomía, de la ley que viene del otro, de la responsabilidad y de la decisión del otro –del otro dentro de mí más grande y más antiguo que yo”.

Umberto Senegal: Sí, no hay la menor duda de esto. Por ejemplo, la acontecibilidad de este diálogo que ocurre gracias a mi decisión por escucharle, por buscar luces en sus libros capaces de alumbrar al individuo en una época de oscuridades semánticas, lingüísticas y filosóficas donde vida y muerte se nos confunden como ideas o realidad, ¿no cree, señor Derrida? Hay un orden visible…

Jacques Derrida: “Tratándose del orden”, amigo Senegal, “es decir de la subordinación de las cuestiones, de lo que es previo y está preordenado (vorgeordnet) o, por el contrario, de lo que es ulterior y está subordinado (nachgeordnet), Heidegger multiplica las proposiciones programáticas. Estas parecen firmes. Los saberes ónticos (antropológicos o biológicos) ponen en marcha ingenuamente unos presupuestos conceptuales (Vorbegriffe) más o menos claros sobre la vida y sobre la muerte. Requieren, pues, un esbozo preparatorio, una nueva Vorzeichnung a partir de una ontología del Dasein, a su vez preliminar, “preordenada”, previa  a una ontología de la vida. “Dentro de una ontología del Dasein preordenada a una ontología de la vida (Innherhalbder einer Ontologie des lebens vorgeordneten Ontologie des Daseis [Heidegger subraya preordenada: la ontología del Dasein es previa, lógicamente y de derecho, a una ontología de la vida]), la analítica existencial de la muerte está a su vez subordinada (nachgeordnet) a una característica de la constitución fundamental (Grundverfassun) del Dasein”. Dicha característica, a saber, la analítica existencial del Dasein, es, por consiguiente, absolutamente prioritaria; después se viene a subordinar a ella una analítica existencial de la muerte que también forma parte de esta ontología del Dasein. Esta última está, a su vez, presupuesta por una ontología de la vida a la que, por lo tanto, precede de derecho”.
Umberto Senegal: Me lo imaginaba, señor Derrida. ¡Exacto como lo deduje cuando falleció mi abuela! La pobre vieja era muy ignorante y en lugar de solicitar aclaraciones sobre las implicaciones existenciales del Dasein, rogó que le rezaran  un rosario.  Fue mi madre quien lo hizo. Yo salí de la habitación a leer a Heidegger para estar más tranquilo. La escuché toser cuando cerré la puerta y me fui. ¿Su abuela, o su madre, señor Derrida, tosían?

Bibliografía:

Derrida, Jacques: Aporías. Paidos, Barcelona, 1988.
Carneros. Amorrortu editores . Buenos Aires, 2009.
Canallas. Editorial Trotta, Madrid, 2005Aprender por fin a vivir. Amorrortu editores. Buenos Aires, 2006.
La deconstrucción en una cáscara de nuez. Prometeo Libros, Buenos Aires, 2009.
Borradori, Giovanna: Diálogos con Jürgen Habermas y Jacques Derrida. Taurus, Bogotá, 2003.


Nota: Este es un capítulo de mi libro inédito: Entrevistas póstumas con hombres notables del siglo XX. Diálogos imaginarios a partir de textos reales de los escritores, extraídos de sus libros. El objetivo es ridiculizar el discurso vacío, el lenguaje vacío de filósofos y pensadores de nuestra época, oscuros, enredados, intrincados al exponer cualquier idea. Sátira contra la ambigüedad del lenguaje empleado por ellos. Burla contra quienes consideran que la complejidad idiomática y conceptual de una exposición  es inherente a la sabiduría y al conocimiento.



domingo, 5 de agosto de 2012

UN PIONERO DEL MINICUENTO LATINOAMERICANO



 


La Perorata y otras historias (Medellín, 1967) del escritor calarqueño Jaime Lopera Gutiérrez, fue el primer libro de minificciones publicado en Colombia.

Uno de los primeros en Latinoamérica también, con amplia y cíclica serie de minicuentos demarcando la base del texto no superior a la página o con menor extensión que esta. Sin rodeos, lo enunciaría décadas más tarde el teórico mejicano Lauro Zavala: “Minificción es la narrativa que cabe en el espacio de una página”. Dividido en siete secciones: Primeras historias, Los hombres, Los animales, Horizontes, Charadas, Los órganos y Otras historias, reúne cuentos integrados de concisa unidad estructural o ciclon cuentístico, según lo denomina Forrest Ingram. O secuencia cuentística, como define a este tipo de estructura Gerald Kennedy. Su único antecedente fue el libro de otro calarqueño, Luis Vidales, quien bajo el nombre de Estampillas incluyó en su libro de poesía Suenan timbres (Bogotá, 1926) 20 minificciones. Con La Perorata y otras historias, de manera palmaria Lopera Gutiérrez se erige como el más representativo pionero de la minificción colombiana, al publicar una obra consagrada en alto porcentaje a dicho género con 52 cuentos, de los cuales cuatro exceden la anotada longitud propia de la minificción. En esta reedición, primera que se hace 43 años después de ser impresa por Ediciones Papel sobrante, de Medellín, Colombia, bajo la dirección de John Álvarez García y con un consejo editorial encabezado por los escritores antioqueños Manuel Mejía Vallejo y Darío Ruiz Gómez se excluyen, con autorización del autor, diez cuentos por razones de adaptamiento formal y de paginaje a las exigencias editoriales de Cuadernos Negros.

Esta premeditada mutilación, que no afecta la intención narrativa original, reitera la idea del ciclo cuentístico minificcional planteado por Forrest y que, aplicado a los minicuentos de Lopera, muestra su importancia histórico-literaria. Los textos de La Perorata poseen diversos elementos característicos del minicuento tradicional, su estructura lógica y secuencial rematando en final sorpresivo. En ellos se encuentran la anécdota resumida al máximo, su directo carácter narrativo, prosa sencilla y precisa, lo humorístico próximo a la sátira, el bestiario, las relaciones intertextuales y el poético efecto de la instantaneidad comprimida en un suceso cualquiera.

Este libro del escritor quindiano fue una singularidad cuentística en la época donde no existían referentes teóricos que contribuyeran a darle claridad a un narrador sobre las técnicas y modos de construcción de tan refinadas piezas narrativas. Lopera Gutiérrez debe ubicarse en la historia del microrrelato latinoamericano junto con autores representativos de la llamada por Violeta Rojo, segunda generación de minicuentistas, que incluye escritores para quienes tal forma narrativa era una opción individual, y que partiendo de los años 30 llega hasta los 70 con autores destacados como Julio Torri, Borges, Monterroso, Arreola, Denevi, Cortázar, Cabrera Infante y Anderson Imbert.

Para cuantos en su época pudieron acceder a los minicuentos de Enrique Anderson Imbert, por ejemplo a los Casos, de El Grimorio (1961) pero en particular las fantásticas minificciones de su hermoso libro El gato de Cheshaire (1965), este fue uno de los paradigmas literarios para introducirse en la escritura de tal forma narrativa. Leyéndolo, cualquier lector apasionado deducía qué era un minicuento, de dónde partía y hasta dónde llegaba, qué decía y cómo lo expresaba. Bastaba dejarse permear por la sutileza de sus imágenes, por la encantadora irracionalidad de los eventos o por su caudalosa intertextualidad, para intuir, descubrir y aprehender la esencia de los componentes formales del minicuento. Lopera escribió sus minificciones entre 1965 y 1966 publicándolas en Medellín el 14 de febrero de 1967. Anterior a su libro, por esta década sólo estaban Jorge Luis Borges con El Hacedor (1960); Julio Cortázar, con Historias de Cronopios y de Famas (1962). Marco Denevi, con Falsificaciones (1966); Arreola, y su Confabulario total (1962); analizando tal panorama bibliográfico se valora la trascendente propuesta narrativa de Jaime Lopera por aquellos años, ignorada por todos los historiadores del minicuento en Latinoamérica y que pasó inadvertida hasta para la crítica colombiana. Con esta reedición, se pretende llenar dicho vacío, soldando tal eslabón del microrrelato colombiano a la cadena de la minificción hispanoamericana.

Dentro de la bibliografía del minicuento latinoamericano -lo enfatizo- donde por desconocimiento craso del libro de Lopera Gutiérrez no existe la menor referencia al mismo, esta obra suya sobresale como uno de los primeros volúmenes no ocasionales, no combinados. Y que se dedica exclusivamente a presentar minificciones sin mezcla de otros textos. Posee múltiples elementos característicos del género cuando apenas germinaba.

Sin proponérselo, Jaime con sus minificciones, varios de ellas de 4,5,6,7 y 8 renglones (en la primera edición) se anticipa a sustanciales formulaciones teóricas sobre forma y contenido, respecto a categorías que del minicuento se expondrían más adelante, al escribir un coherente, sólido y bien hilvanado y estructurado conjunto de microrrelatos llenos de modernidad en su estructura y en cada uno de sus componentes, saliéndose de parámetros del cuento que por los años se escribía en Colombia e Hispanoamérica. Algo es archiconocido: no era valorado el escritor de minificciones y sus textos nada significaban para los críticos o historiadores del cuento. Tímidas y discretas viñetas con las cuales se buscaba resaltar o complementar otros textos.

Aunque efectivas y orientadoras, no fueron muchas las influencias literarias que a Lopera le indujeron a privilegiar un molde narrativo nada común entre los cuentistas jóvenes que daban a conocer sus trabajos por aquel lapso. “Este libro nació como fruto de una soledad”, señala Lopera al mencionar su obra. Y agrega: “La Perorata fue mi primer contacto con la literatura escrita y el género del cuento”. Del minicuento, porque sin tener conciencia de las proporciones de su trabajo, preparaba los cimientos de la minificción colombiana y con su libro entraba a conformar ese menguado pero representativo conjunto de obras que, finalizando los años 60, marcaría un hito en la historia del minicuento hispanoamericano, a las cuales me referí atrás. Confiesa Jaime en carta enviada a la editora de Cuadernos Negros, Leidy Bibiana Bernal: “Dado que ya conocía los cuentos de Borges, de Cortázar, de Max Aub, de Arreola y de Monterroso, amén de Enrique Anderson Imbert y Fausto Masó, se me ocurre que con ellos se forjaron las huellas de mi estilo”. No era mucho el material literario que podían confrontar los escritores de minicuento por los años 60, ni de fácil consecución los títulos que en diferentes naciones se publicaban.

Tal vez por esta razón La Perorata pasó inadvertida. Sin embargo, es el tiempo propicio para rescatarla y darle sitio privilegiado en la historia de la minificción hispanoamericana. Podemos concluir con estas palabras del veterano teórico David Lagmanovich, profesor y periodista argentino, quien puntualiza en la nota preliminar de su libro El microrrelato hispanoamericano (Bogotá, 2007): “Pero llegó el momento –no podía ser de otra manera- en que editores y críticos comenzaron a reconocer la realidad que habían ignorado: la de una clase de textos brevísimos que, si por un lado no caben en las categorías literarias tradicionales, por el otro gozan cada vez de más lectores y parecen anunciar o afirmar los rasgos centrales de la modernidad”. Este es otro de los aportes del Centro de Investigación y Difusión del Minicuento, Lauro Zavala, al VI Congreso Internacional de Minificción que se realizará en Bogotá el próximo mes de octubre.





miércoles, 1 de agosto de 2012

VERSÍCULOS DEL DEMONIO (8)





8 Considerando la velocidad con que te empujan la vida y el mundo, mira sin prisa tu reloj.


2 Decídete: el laberinto, la metáfora, la palabra o el silencio aunque no te decidas.


3 Rompiendo mis máscaras, arrojándolas. Y tras de mí alguien que las rehace.


4 Alguna probabilidad de que escape del remanso la sombra del ave.


5 Cuando el Golem y el perro se encontraron quisiste caminar tras ellos.


6 No es posible la palabra mientras sobrevivan las preguntas sin respuesta. O las simples preguntas.

7 Escribirás sólo el centro de las oraciones: ni principios ni finales.


8 Deduce de cada minuto la eternidad sin contabilizar sollozos.


9 Cargas otra forma de locura. En algún lugar está tus observadores compadeciéndote.



VERSÍCULOS DEL DEMONIO (7)






7 Si te embriagas con la realidad de la belleza observa un muro.


2 En la mirada de mi perro todas las ecuaciones se silencian.


3 Admitir al ornitorrinco que escarba en los escritorios pero nunca al mendigo que suplica.


4 Dale gracias a la primavera, nunca al invierno por la fila de pingüinos que pasa cerca de tu alcoba.


5 Irreal y real. Ofrécele un helado a la niña sin olvidar las tumbas de los faraones.


6 La misma fuerza que en el universo se confabula para tenerte vivo hoy, mañana se confabulará para que desaparezcas.


7 Agradece que vives en una casa en Calarcá, cerca de la montaña y no en un apartamento de algún rascacielos de Los Ángeles.


8 En toda hoja seca se oculta un imperio sin archivos.


9 Por favor, escucha; por piedad, escucha; por lógica, escucha; por imaginación, escucha.



VERSÍCULOS DEL DEMONIO (6)





6 Cuanto pudo suceder ya ocurrió en algún lugar de tu cuerpo.


2 Alguien te protege si cuando buscas el saludo, el beso o los acordeones, sólo hay viento.


3 Pon tus manos sobre la cáscara de una mandarina madura.


4 Tal vez asistirás al momento en que se apague una estrella.


5 La poca importancia de tu pene y la poca importancia de la filosofía. Un marco sin lienzo y pinceles quebrados.


6 Seguirás creyendo que del vaso de agua saltará una sirena.


7 La mierda es mucha: prende una velita de incienso.


8 Lo mismo nunca es lo mismo.


9 Arroja los dados antes que la pluma golpee la torre de la catedral.



martes, 17 de julio de 2012

CUENTOS ATÓMICOS, EN LA OBRA DE ANA MARÍA SHUA




Ana María Shua 

– …

–aunque lo dude usted, poco me inquietan las discusiones y propuestas literarias y académicas de los teóricos respecto al nombre conveniente para los minicuentos. Su escurridiza ligereza formal y de contenidos, su velocidad para conectarse con universos internos de los lectores, los hacen dignos de la cantidad de nombres recibidos. La narradora argentina Ana María Shua, prefiere el de Minificciones, vocablo adoptado luego de utilizar en un comienzo el de Cuentos brevísimos.

– …

–¿no conoce más de cinco? Clara señal de importarle más los parloteos con minicuentistas, que el minicuento mismo. Le nombraré 20, sin especificarle cuáles narradores los propusieron en sus textos aportando ideas a la confusión, pero también a la holgura y la teoría del nombre para el género:  Cue, Cuentículo, Cuento bonsái, Cuento jíbaro, Cuento ultracorto, Ficción mínima, Ficción súbita, Microcuento, Microrrelato, Microficción, Minificción, Nanoficción, Relato de taza de café, Relato hiperbreve, Haikuento, Relato vertiginoso, Cuento atómico, Instantáneas, Textículo, Ucronía. Un término fastuoso, melódico y que nadie ha tenido en la cuenta al escribir sobre tal expresión narrativa, es el de Epífano, formulado por el escritor colombiano  Juan Carlos Botero. Hay cerca de un centenar, cada  cual sustentado con seriedad o humorística desmesura literaria, por quien lo utiliza y confía en sistematizarlo. Ninguno otro de los géneros literarios goza de tan multifacética nominalidad. Estos breves textos se adaptan a decenas de nombres y con todos cumplen sus cometidos. Es una de las virtudes del minicuento: lo versátil de su nombre le facilita adaptarse a exigencias, cualidades y defectos del narrador  o el lector.

– …

– sí, en particular a las fantasías de los críticos, a su lenguaje vacío, a la más gozosa de las argumentaciones hermenéuticas y aclaratorias soñadas por usted. Su ironía me induce a evocar el magnífico cuento El marciano, de Bradbury, en su libro Crónicas marcianas. El protagonista es un ser con habilidades empáticas facilitándole cambiar de imagen sin esfuerzo. Se transforma en los seres rememorados  por quienes se le aproximan.  Este singular marciano, sensible y dúctil a las nostalgias y sufrimientos de cuantos lo rodean, sobrelleva continuas mutaciones, adoptando el aspecto de personas significativas para los individuos próximos a él. Pasa de mano en mano. Va de emoción en emoción y de sentimiento en sentimiento, soportando las formas delirantes del ideal de los colonos bajo  su influencia, hasta fallecer, exhausto entre el gentío suplicante y exigente.

Es uno de los más estremecedores cuentos leídos en mi vida. Turbador, perfecto en su estilo y su argumento, en lo poético de su contenido. Léalo si quiere. Volviendo a su pregunta… ocurre igual con los microrrelatos cuando se relacionan con lectores capaces de apreciarlos, bien para leerlos nada más, o bien para estudiarlos, dándoles un lugar concreto en el desarrollo de  la ficción. Ellos se configuran y toman la forma –como en el cuento del norteamericano– más querida del lector, del observador y el estudioso, diseccionándolos.

– …

tres nombres me agradan y los empleo sin excluir ninguno. Por el contrario, los aderezo con otros que el desarrollo de un ensayo me exija: Minificción, minicuento y microrrelato. Los fusiono y manejo a mi manera, considerando un poco al lector, aunque sin contemplaciones si este se embrolla. A cada cual corresponde ahondar sobre la cuestión del nombre, si le incumben dichas sutilezas.

– …

–  de todas maneras, bienvenidos a las complejidades literarias y teóricas  del género cuantos elijan cualquiera de sus facetas para discurrir sobre ellas. El cuento atómico, con una de sus  horticultoras más ingeniosas en lengua castellana, nombre obligado de cualquier antología y de estudios sobre el microrrelato, Ana María Shua, es el más gráfico por su pequeñez formal: de cero a veinte palabras.  En cuanto  ha transcurrido del siglo XXI, son profusas, eruditas y cerebrales las aproximaciones teóricas a la minificción. Todas legítimas y relativas a su vez. Extraordinarias por sus conceptualizaciones, sus malabares lingüísticos, su singular estética, la originalidad de los investigadores preparados para competir en las exégesis, pretendiendo ser más originales que cuantos con anterioridad han escrito sobre  ella o sobre la obra de un minicuentista en particular. Son muchos los defensores y contrincantes del minicuento a quienes prefiero darles la razón de inmediato, antes que seguir leyéndoles o escuchándoles sus necios argumentos.

–…

– sí, ese cuento atómico de Monterroso, mal citado por usted, como lo hicieron tantos, entre ellos Mario Vargas Llosa y continúan malcitándolo muchos más, es el prototipo clásico: siete palabras expandiéndose y contrayéndose, implosionando y explotando hasta niveles de realidad y de ficción indeterminables. Luego de esta entrevista, tal vez usted vaya y escriba algo semejante, practique su propio juego con El dinosaurio. O querrá imitar alguno de  los cuentos atómicos de Ana María. En alguna parte, el astrofísico Fred Hoyle alertó al mundo diciendo: “Se pueden escribir cinco líneas que destruirían la civilización”. El desarrollo del microrrelato es la paulatina destrucción, en pocas líneas, del universo de las grandes narraciones, mediante algunos centenares de palabras, una página, veinte vocablos y mucho espacio en blanco antes de la palabra, en la palabra y luego de la palabra. De La sueñera me agrada este, con 20 palabras:

                                                                             73

Habéis desobedecido mi orden, dijo el Señor a Adán y Eva. Y sin darles otra oportunidad, los despertó de golpe.

El tema religioso bíblico, lo encontrarán con frecuencia en toda la obra de Ana María. También  es un perfecto cuento atómico, con su introducción, nudo y desenlace tradicionales para el cuento largo, este:

                                                                           149

En su sueño, el ventrílocuo es muñeco. El muñeco, en cambio, suele soñar con la mujer del ventrílocuo.

– …

–  ella nunca los ha escrito bajo tal matiz conceptual, empleando dicha nomenclatura. Aún más, a partir de nuestro diálogo, si lo escucha y le agrada, tendrá calificativo para sus textos más breves. Por ejemplo este, uno de los minicuentos recientes de Shua, representante de la teoría del Clic. “Yo creo en ella”, señala Ana María, “las minificciones necesitan espacio, aire alrededor. Tienen que estar solas en la página y también necesitan espacio cuando se las lee. Una minificción necesita unos 20 segundos de silencio para que se produzca  ese clic de comprensión en la mente”:




Maremoto busca profeta.


Tres palabras para una historia en veinte letras. Ningún título. Nacen con esa forma y medida. Lo que hago es cambiar muchas palabras, pulirlo y tratar de perfeccionarlo”, señaló Shua a Soledad Gallego,  indagando sobre las posibilidades infinitas de la minificción. Bruñir, sustraer, desarraigar lo superfluo, prescindir de una parte de lo necesario. Huyamos, la cazadora de silencios está aquí, gritan por el lenguaje, los párrafos y las frases, cuando Shua comienza a escribir una minificción. Un cuento atómico sin rodeos, comprimido al extremo para permitir su reescritura en la imaginación del lector, con vigorosa identidad discursiva y semántica capaz de hacerlo funcionar como microrrelato.  No son muchos por el estilo y nunca se propuso escribirlos bajo tal medida, considerando la abundante obra de la narradora bonaerense.

– …

– el tiempo de lectura y escritura, sí cuentan. Hoy por hoy, son factores básicos del proceso literario. Dijo Paul Valery esto, aplicable a las microficciones: “Ya ha pasado el tiempo en que el tiempo no contaba. El hombre contemporáneo ya no trabaja en cuanto no es abreviable”. A lo cual hace inteligente acotación Walter Benjamin: “De hecho, ha logrado incluso abreviar la narración. Hemos asistido al surgimiento del short story que, apartado de la tradición oral, ya no permite la superposición de las capas finísimas y translúcidas, constituyentes de la imagen más acertada del modo y manera en que la narración perfecta emerge de la estratificación de múltiples versiones sucesivas”.

– …

– andan dispersos, sin continuidad consciente por parte de la autora, en algunos de sus libros. En Botánica del caos (2000) y Temporada de fantasmas (2004) no hay ningún cuento atómico.  En el primero,  la minificción más breve tiene 23 palabras y, en el segundo, 27.

– …

– esos no son de microrrelatos. La muerte como efecto secundario, es una novela suya publicada en 1997. Tome notas. Debía traer escritos algunos puntos de referencia y darle más seriedad a su trabajo. Informarse mejor, antes de llevar a cabo entrevistas como esta. En cuento ultracorto, los títulos publicados son: La sueñera, minicuentos comenzados a escribir en 1974, desde sus 23 años de edad, pero editados en 1984. Es la obra más valorada por su autora, debido a  la  espontaneidad con la cual fue escrita pero, sobre todo, porque no se esforzaba en publicarla. Pensaba y actuaba solo  para el texto. Aquí incluye los primeros cuentos atómicos en una serie que los convierte, después de Crímenes ejemplares (Méjico, 1957) de Max Aub, en pioneros del subgénero en Latinoamérica. Ninguno tiene título y están  encabezados con números de 1 a 250. Los atómicos son 14, el primero de los cuales en veinte palabras, máxima longitud del cuento atómico, dice:
                                                                           
    41

El sueño es privilegiado territorio del pecado. Terrible lugar donde se cumplen y se castigan los sueños que nada satisface.

Posiblemente cuando comenzó a escribirlos, Ana María Shua no había leído la citada obra  y mucho menos se hallaba bajo la influencia de tal autor, cuyos microrrelatos también carecían de título.  Fueron escritos en el exilio mejicano, haciendo de Aub el padre del cuento atómico en lengua española.

– …

– este de 18 palabras irradia el estilo de Max: “Lo maté en sueños y luego no pude hacer nada hasta que lo despaché de verdad. Sin remedio”. Le recomiendo la serie Epitafios. En algún reportaje debe estar el reconocimiento de Monterroso a su obra. Si no existe, es forzoso inventarlo cuanto antes, para gloria y descanso del espíritu innovador de Aub en la minificción. Luego de La sueñera, viene Casa de geishas (1992) donde hay cinco cuentos atómicos, entre los cuales figura uno célebre, citado e imitado con reiteración y cuyo texto se convertiría en título de un volumen con cerca de 900 páginas, el cual contiene toda su narrativa ultracorta y algunos inéditos (800 textos), escrita hasta 2009:

                                   
                                       ¡Huyamos!

         ¡Huyamos, los cazadores de letras est´n  aqu´!


Otro, desolado, de erótica y sentimental frustración o, por el contrario, si se considera el dorso del microrrelato, capaz de convertirse en la cínica evocación cuantitativa de una prostituta o una curtida ninfómana haciendo cuentas de los hombres con quienes no consiguió hacer sexo. Se incluye en el libro Casa de Geishas (1992) y de él podría decirse, con palabras de Shua al ser entrevistada por Graciela Pucci y María Capasco: “Las minificciones son como traslúcidos fantasmas de los sentidos. Si se las mira de frente desaparecen. Hay que aprender a atrapar, desde una lectura atenta y distraída al mismo tiempo, su significado siempre evanescente”:

                                                        El vasto número

3452, 3453, 3454… Cuenta, para dormirse, el vasto número de los hombres (los imagina saltando una talanquera) que nunca fueron sus amantes.

Estos microrrelatos sí llevan título. En Botánica del caos (2000) y Temporada de fantasmas (2004) no se encuentra ningún atómico. En el primero, el más breve es de 27 palabras. En el segundo,  contiene 23. Más adelante viene la recopilación titulada Cazadores de letras (2009) y el libro Fenómenos de circo (2011).

– …

– ¿se refiere a Thomas Bernhard?
– …
– estoy de acuerdo con usted y con él, y puede aplicarse al sentido del cuento atómico: desde varias décadas atrás, se nos imposibilita sobrellevar nuestra época como un todo. Solo cuando la confrontamos fraccionada y la vivimos en sus partes sin intentar entender la globalidad de cualquier evento, nos resulta tolerable.

– …

– debía preguntárselo a ella misma y no a mí. Shua considera la escritura de hiperbreves “un trabajo de minero. Hay que seguir una veta, encontrar una buena piedra en bruto, pulirla hasta que brille. Se puede explicar el trabajo de cortarla y pulirla, pero la parte de la exploración minera es bastante misteriosa”.

–…

– ¿traía una agenda? Discúlpeme por haberle dicho lo de tomar notas.  Déjeme leer en voz alta ese párrafo por usted señalado, el cual sitúa a la narradora por completo en nuestra época. Voy a leerlo en voz alta, para ambos:

Hay algo que yo adoro y es el género de la minificción. Está teniendo enorme difusión en estos últimos tiempos, en buena parte gracias a internet. Por sus características, es un género adecuado para leer en pantalla. A medida que el soporte mejore y  se haga más agradable, como va a suceder, suplantará al libro. Y no me rasgo las vestiduras. Me parece que va a ser absolutamente positivo. Será una revolución comparable a la  producida por la invención de la imprenta. A mí me preocupa de la literatura, el texto. El soporte no me interesa en absoluto”  El sustentáculo del cuento atómico será aquella tecnología donde el fragmento prevalece para una sociedad, según señaló Bernhard, incapaz de afrontar la época como un todo.

 – …

– de acuerdo, por eso el minicuento como género, asciende. Conquista amplios espacios literarios  contra la desidia de los editores. Asume categorías estéticas, literarias, lingüísticas, filosóficas y  sociológicas de las cuales carecía medio siglo atrás. Toma un lugar fundamental en la literatura y la narrativa contemporáneas. Imposible ignorarla o subvalorarla, hoy por hoy, convirtiéndose en la forma literaria de más viable asimilación, para entrar en contacto con ella a través de múltiples medios. El lector más apático a la lectura, puede ser atrapado por  la presencia física del microrrelato en la hoja de papel o en la pantalla de un computador. Los cuentos tradicionales requieren de lugares específicos para su asimilación, mientras el relato vertiginoso es género de los no–lugares de la lectura. Este de 14 palabras, de Shua, remite a un Shakespeare próximo a Chuang Tse:

                                                                                   94

Lady Macbeth confiesa en sueños el crimen cometido en la vigilia. O al revés.

– …

– los nombres de minicuento, microrrelato y minificción, incluyen diversas presentaciones, variados ropajes de la ficción breve. Uno de estos vestidos decidí llamarlo Cuento atómico. Como tantos estudiosos, lectores y escritores de minificción, cedí a la tentación de un nombre nuevo. Ponerle otro más al microrrelato para acomodarme, con este aporte, en algún modesto lugar de la minificción municipal. La teoría del género gana otra aproximación más, abriéndoles otros espacios de interpretación a los exegetas, como  le ocurre al dinosaurio de Monterroso cuyo perímetro literario se expande cada vez más, con centenares de páginas parodiándolo e interpretándolo.

La designación de cuento atómico nació como juego de nombres para el minicuento, pero  de manera paulatina y zanjada fue volviéndose idea seria. En mis andanzas, hallé centenares de ficciones breves que no superaban las 20 palabras al relatar una historia. Autores consagrados, escritores nuevos con propuestas serias o centenares de personas dispuestas a experimentar con el minicuento, tenían textos por lo regular de cinco a veinte palabras escritas a propósito, o tal vez sin saberlo, como en el caso sobresaliente de Ana María Shua a lo largo de sus libros de microrrelatos.

– …


– … la lectura y escritura del Cuento atómico,  en cuantos ejercen tal obsesión narrativa haciéndola parte esencial de su cotidianidad literaria, es disciplina ineludible para no extinguirse abrumados verbalmente por los cuentos extensos. Categórico recurso contra  el sedante efecto de largas narraciones escritas para quitarnos buena parte de la vida. Los cuentos tradicionales malversan significativa porción de nuestra existencia. ¿Qué nos producen esos centenares de extensos relatos leídos a lo largo de una vida breve? ¿Por qué razón consagrar tanto tiempo a dichas obras? ¿Los autores merecen que nos involucremos con sus extendidos dramas reales o inventados? Todo cuento atómico es respuesta negativa  a estos tres interrogantes. Ana María, desde La sueñera, es maestra de la intertextualidad y la metaliterariedad:


                                                                   103

La vida es sueño, reflexiona el engañado Segismundo. Como si no tuviera, precisamente él, suficientes pruebas de lo contrario.

–…

– no ponga semejante cara con la lectura del anterior texto. En su libro Breve manual para reconocer minicuentos, Violeta Rojo afirma sin ruborizarse, luego de un erudito y reflexivo recorrido por la teoría y práctica del microrrelato: “Como lectores podemos plantearnos que minificción es cualquier texto breve que tanto el autor  como los lectores reconozcan como tal. Lo único que tengo claro es que el rasgo distintivo que verdaderamente agrupa a todos los textos que llamamos minificción es la brevedad. Por tanto, minificción sería cualquier texto breve que alguien considere como tal”. En Casa de Geishas, subrayo este, de los cinco incluidos:

                                                                 El que no espera

La tranquila seguridad de saberse muerto y que alguien venga a golpear (¡con impaciencia!) en la tapa del cajón.

–…

– difícil saberlo y cuanto más lea al respecto, según le sucedió a Violeta, menos claro tendrá el tema. ¿Un ejemplo? Se me ocurre el siguiente y la pregunta puede hacérsela cualquiera, ¿minicuento o chiste? ¿Dónde comienza el uno y termina el otro? ¿Cuáles son las diferencias exactas, en la forma o en el contenido? Leámoslo como microcuento y observemos su efecto en nosotros mismos. Leámoslo como chiste y aumentará la perplejidad sobre el sustrato narrativo del texto:

                                                                    Una rubia

Bush y Rumsfeld están sentados en un bar, bebiendo ambos de la misma botella de cerveza. Entra un hombre quien, sin ninguna compostura, se acerca a preguntarles:

– ¿Qué hacen aquí?
– Planeamos la III Guerra Mundial  –revela Bush.
Con evidente sorpresa, el hombre interroga:
 – ¿En serio? Cuéntenme cuál va a ser su objetivo.
– Bombardearemos con armas nucleares a 140 millones de musulmanes y a una rubia –g Rumsfeld.
– ¿Una rubia? ¿Y por qué desean matar a una rubia? –se conmueve el hombre.
 Bush se vuelve entonces hacia Rumsfeld, corroborándole:
– ¿Lo ves? A nadie le importan 140 millones de musulmanes muertos.

–…

el matemático Herman Weyl afirma: “No es de extrañar que cualquier pedacito de naturaleza elegida (estas gafas o cualquier otra cosa) posea un factor irracional el cual no podemos ni podremos explicar jamás. Lo único que conseguimos hacer es describirlo, como en la física, proyectándolo sobre el telón de lo posible”.  El cuento atómico es un lapidario conjunto de veinte o menos palabras, proyectándose sobre el telón de lo alusivo. Milimétrico en sus consecuencias. Penetrante en su sentido. Puntual en la descripción de una imagen o suceso. El humor puede convertirlo en fina caricatura de un objeto encarnando cualquier ímpetu humano, como en este cuento atómico de 19 palabras, en Casa de Geishas: 

                                                                         108

Yo contra los huevos fritos no tengo nada. Son ellos los que me miran con asombro, con terror, desorbitados.

– …

– sí, es la particularidad de la minificción, más válida cuando se escribe un cuento atómico demandando alta reducción del contenido y rechazando cualquier tentativa de amplitud. El desbordamiento de conceptos y descripciones, los prolijos rodeos donde el autor desea exteriorizarse, son para el cuento tradicional. Herramientas básicas de textos donde este necesita enmarañar pensamientos claros tras de exuberantes palabras. O embrollar palabras con las ideas. De otra manera, considera no contar una historia, no ser escritor de tiempo completo, o que cuanto muestra carece de importancia y no van a entendérselo.
El cuento atómico en Ana María Shua es invitación a leerse a sí mismo en la página en blanco. Por consiguiente, un reto de lectura y escritura para observar la mente en blanco  y percibir, desde aquí, otras voces del drama, niveles subterráneos de la interpretación, nuevas facetas del signo bajo diferentes perspectivas de la historia relatada, como en este atómico de ocho palabras:

                                                                   213

                                       Toda bruja tiene su escoba o la desea.

Esa escoba, es símbolo de fertilidad donde el madero representa al órgano viril y las fibras son el monte de Venus, unión de lo masculino y femenino, plena de esotéricas leyendas, como en Grecia antigua donde, durante la fiesta de antesterias, almas de difuntos visitaban las casas de los humanos para recibir ofrendas y luego ser ahuyentadas barriéndolas con la escoba.

– …

– con sus veinte o menos palabras, este subgénero  de la ficción súbita es vía directa para transformar un párrafo en capítulo; para concebir un renglón como párrafo descubriéndole las historias descritas por el escritor o  las señales ofrecidas por este. Un cuento atómico no va más allá de tres renglones ciñendo un drama con preámbulo, nudo y conclusión, comprimidos al máximo por el narrador.
Lo ocurrido con Joyce es ejemplo de la sinopsis necesaria para escribir un cuento atómico. Un amigo que fue a visitarlo, encontró al escritor inclinado sobre su escritorio, en postura de absoluta impotencia. “¿Qué te pasa, James?”, le preguntó, “¿es por el trabajo?”. Joyce hizo un gesto de asentimiento, sin levantar la cabeza para mirarlo. El trabajo, sí. El arduo oficio de escritor. ¿Podía haber otro motivo? El visitante insistió: “¿Cuántas palabras has escrito hoy? De bruces sobre el escritorio, Joyce reconoció compungido: “¡Siete!”.  “¿Siete?, James, ¡eso  está muy bien, al menos para ti!”, trató de confortarlo su amigo. “Sí”, replicó el novelista, levantando su cabeza, “supongo que sí… ¡pero no sé en qué orden ponerlas!”.

– …

–  los cuentos atómicos son fruición individual de la historia, el incidente y el argumento que siempre actuarán como apertura, paso inicial hacia ninguna parte dentro de lo formal, pero una odisea cuando el lector supone y relaciona y agudiza sus propias fantasías, participando en el juego propuesto. Ana María, parodiando a Kavafis, plantea travesuras literarias como esta:

                                                                      161

Cuando sientas con narices plenas un progresivo atronar de cornamusas, sabrás que te estás aproximando a mi ciudad.



Interrupción de un viaje o un camino, capaces de convertir en cuestión momentánea la perspectiva de un éxodo, Shua revalida, con su ficción breve, que toda lectura extensa es éxodo y todo minicuento feliz arribo a la tierra prometida. No relata cuanto el lector espera se le describa con lujo de detalles, incitándole más bien a imaginar y crear sus propias fantasías. Concede jerarquía activa al lector, de aquí su relevancia dentro de la minificción contemporánea en lengua castellana.

– …

– en un cuento atómico, el escritor comienza el viaje con el lector, pero en el intervalo de las veinte o menos palabras, lo deja a su libre arbitrio literario, filosófico, social o sicológico. La escritura se independiza de lo cuantitativo y se transforma en cualidad, sin la servidumbre de las imágenes o el palabrerío sobrepuesto dentro de la narración. Un cuento atómico es lo narrado, sin la narración. ¿Descubrir y explicárselo todo al lector? ¿Y si se le deja solo y a partir de una imagen evocadora se le enseña a penetrar en sus historias particulares? Como en el haiku, el cuento atómico respeta los intrínsecos universos asociativos del lector consigo mismo y con el texto entre sus manos.

– …            
                                            
– tal forma narrativa permite vislumbrar, entre vocablo y vocablo, los despeñaderos lingüísticos y semióticos del relato. Es un fractal literario, objetivo y subjetivo, formal y abstracto, no comprensible desde elementos propios del cuento tradicional. Se proyecta en el espacio creador de quien lo escribe o lo lee, mediante remembranzas y alusiones, fluctuaciones, contundencias de sus imágenes e incidentes. Ciento por ciento, dicha condensación narrativa es irracional, debido a su perfil no explicativo, a los vacíos creados y extraños horizontes extendidos frente a la mirada del lector.

Una poética anécdota, adecuada para transformarse en cuento atómico, es el recuerdo del escritor Pierre Hourcade, quien estuvo cerca de Pessoa al final de su vida. Declara, perplejo ante la evanescente presencia de Fernando: “Nunca al despedirme, me atreví a volver la cara; tenía miedo de verlo desvanecerse, disuelto en el aire”. Fueron numerosas las veces que Fernando se diluyó en el aire diurno o nocturno de Lisboa, en diferentes lugares, pero pocas personas lo percibieron. Quienes tuvieron la fortuna de vivir tal experiencia, como Aleister Crowley cuando acompañó al poeta por una de las céntricas calles de la ciudad, le dieron extensiones mágicas que en realidad no tenían. Esta afirmación es un estupendo cuento atómico (18 palabras) de fantasmas. Octavio Paz, en un ensayo sobre el escritor portugués reconoce algo semejante cuando lo descubre un “taciturno fantasma del mediodía portugués”.

– …

– los cuentos atómicos estructurándose desde mediados del siglo XX,  vuelvo y le cito a Max Aub, padre del subgénero, pero fusionados a la literatura y la poesía desde millares de años  cuando Dios dijo: “Hágase la luz” (verbo, artículo y sustantivo con exclusión total de adjetivos)  son el placer individual de cuanto en materia narrativa siempre será comienzo, paso inicial hacia ninguna parte. Interrupción consciente del viaje. Viaje por entre los significados. Camino hacia los significantes. La tarea del escritor, afrontándolos con circunspectos estilo y forma, es no contar cuanto el lector espera se le relate con exceso de pinceladas.

 La función de todo cuento atómico es avivar la imaginación del lector hacia sus propias vivencias y su imaginación. Es confianza total en quien lo lee, en su pericia literaria y sus referentes culturales. Al lector se le deja solo. Pocos minicuentistas tan expertos en este oficio, como Ana María. Sabe acompañar al lector hasta el momento preciso de abandonarlo a su suerte. A partir de una imagen escueta y evocadora, se le induce a penetrar en la historia que lee, pero también en sus historias personales, capaz de recrearlas a partir de lo ofrecido por el narrador. Como el haiku lo hace, en cierta forma el cuento atómico respeta los íntimos universos asociativos del lector consigo mismo, con el texto en sus manos y con cuanto el escritor especifica.

Las palabras del título no cuentan dentro de las veinte del texto. En ocasiones, un cuento atómico contiene solo el título, como de manera sarcástica lo representaron en textos suyos Giovanni Papini, en La industria de la poesía; y Gesualdo Bufalino, en El malpensante, con un texto llamado Cuadros. Los cuentos con estructura atómica, son textos narrativos aguijoneando la imaginación del lector hacia sus particulares fantasías. Es la estética certeza del narrador de que no hay ningún motivo por el cualse vea obligado a expresarle todo al lector.

Roland Barthes, explica como el texto literario no está acabado en sí mismo sino hasta cuando el lector lo convierte en objeto de significado con naturaleza plural. Un cuento atómico, a veces sin comienzo ni final  siempre una especie de relato inacabado que por su brevedad se transforma en texto sugiriendo múltiples significados, de acuerdo con sus lectores. 

El principio dramático de “las tres unidades”, es decir, “un hecho en un lugar limitado, con un número limitado de personajes”, dentro del cuento atómico se decanta al máximo para redondear la historia. Este delicado subgénero del microrrelato, es la máxima mutación que el cuento tradicional ha sufrido durante su historia. Es la implosión formal del contenido. Los atómicos que Ana María escribió, son suficientes para mostrarla como una de las pioneras más importantes de tal forma narrativa, extendiéndose día tras día en la lengua castellana.

–…

– ¡Sí!